sábado, 20 de febrero de 2021

EL TEATRO DE LA VIDA

 


A veces me siento como una camisa almidonada que se tiene en pie tan solo por el apresto, es como si mi osamenta se hubiese diluido en la cáustica sosa de la vida. Camino, oigo, veo, sobrevivo, pero todo es como una película en blanco y negro que pasa por mis ojos mientras yo me desplomo en un asiento carcomido. A veces me niego a secundar el guion que me reservan y salgo del plató a buscar nuevo escenario, la pandemia ha cerrado teatros, ha sellado museos y ha convertido los cines en desiertos, pero aun así puedo cantar en la terraza y animar a los vecinos a hacer coro. Debo abrir mi escenario, escribir mis libros, redactar mi guion e interpretar la vida a mi manera, rodearme de mi propio reparto y dejar que el público escoja sus butacas en la platea de la vida. Debo a prender a dirigir mi obra sin que nadie constriña mi puesta en escena, a asumir mi éxito y fracaso, a volver a empezar cuando me haya equivocado sin escuchar apuntadores ni abucheos.

Los aplausos ciegan más que los silbidos, de las broncas aprendes lo que has hecho mal o lo que no le gusta al público que silba, pero la obra es tu obra y tu eres el jurado, los aplausos a veces te empujan por la senda errada y debes reaccionar antes de acabar la temporada, los críticos triturarán tus huesos si no bailas al son de sus quincallas, pero cuando baje el telón, solo tú sabrás si en realidad valió la pena la aventura.

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