lunes, 24 de noviembre de 2008

HIJOS DE LA REVOLUCIÓN Joan Barril


Se acabaron las revoluciones y las fiestas subsiguientes. Al menos en el primer mundo. Todo lo más, nos quedan esas alegrías tan semejantes a cuando tenemos la casa inundada por un escape y, finalmente, llaman a la puerta y es el fontanero. Eso es lo que sucedió en Brasil con Lula y lo que acaba de suceder en el mundo con Obama. Sus antecesores, con la connivencia de los poderosos, habían llevado a sus respectivos países hasta el colapso. Llegan unos candidatos con ganas de arremangarse y se hacen con el poder. Entonces, todo el mundo respira hasta que el escape se arregla y de nuevo los de siempre vuelven a conspirar para recuperar el poder y sacar tajada.
Pero también se acabaron las revoluciones porque los hijos de la revolución han demostrado ser unos perfectos chaqueteros. Hace años que eso lo estamos viendo en China, donde un partido único que todavía se llama comunista está llevando adelante un crecimiento económico sin ninguna veleidad de acabar con su esencia autoritaria. Ahí vemos también a Daniel Ortega, el monaguillo que secundó a Chávez en el famoso "¡¿Por qué no te callas?!".

Ninguno de los antiguos sandinistas que se jugaron la vida para derrocar a Somoza da ni un euro por la integridad personal y política de ese individuo, acusado de fraude electoral y de cosas peores que afectan a su vida privada. Y luego tenemos a los rusos, que ahora pretenden hacerse con los hidrocarburos de Repsol. A fuerza de repetirlo, más de uno acabó creyéndose lo del oro de Moscú robado al Gobierno de la República, campo abonado para creer que el grifo del petróleo va a estar en manos de Putin. ¿Qué les ha sucedido a aquellos hijos y nietos de la Revolución de octubre? Lo que últimamente estábamos viendo era un permanente goteo de delincuentes de aquel país instalados en España. La imagen de marca de los países cuesta poco de crear y mucho de limpiar. Rusia ha pasado en menos de un siglo del internacionalismo proletario al Gulag, y del Gulag a extrañas y excesivas fortunas capaces de comprar desde la Costa del Sol hasta un equipo de fútbol inglés. ¿Qué sucede con esos tipos, nacidos de las grandes palabras de la igualdad, para que hayan acabado convirtiéndose en los profesionales de la autocracia? Incluso gente como el socialdemócrata Schröder se encuentra entre los peones de esa nueva oligarquía que aprendió a sumar bajo la efigie de Lenin y que hoy ha aprendido a multiplicar explotando en provecho propio los bienes de producción públicos que les dejaron sus mayores.


Esos mutantes que han pasado de las grandes ideas colectivas a la idea única de un nacionalismo sin patria y del líder como paradigma de su propio beneficio son los que ahora reciben los parabienes de gobernantes pequeños. Esos gobernantes, todavía con escrúpulos, que hacen lo que pueden para mantener la ilusión de que contra el gran capital todavía hay una última frontera de reformas y de servicios públicos eficaces. La revolución no devoró a sus hijos. Son los hijos los que se comieron la placenta revolucionaria para renacer en los mejores salones de sus enemigos de clase. Hicieron bueno el aforismo que dice "si no puedes vencer a tu enemigo, únete a él".

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