viernes, 18 de diciembre de 2020

INTERESES BASTARDOS

 



Siento como el hilo que me une a la clase política se hace cada vez más fino, demasiados desengaños, demasiadas esperanzas podridas en el frigorífico, demasiadas decepciones amargas.

Y ese hilo lo llevo atado del corazón, lo estira, lo ahoga, lo aprisiona hasta hacer que le falte el aire mientras intento sobrevivir en un mundo de intereses pactados, de silencios cómplices, de renuncias forzadas.
Quizás pertenezco a otro planeta porque no me gustan los pactos entre bambalinas, porque aún confío en el hombre, porque de momento no conozco mi precio, pero odio las calladas que otorgan y las genuflexiones serviles.
Soy un alíen en este mundo “políticamente correcto” pero terriblemente hipócrita, en este mundo de sonrisas vacías, de apretones de manos lacias, de gente que no te mira a los ojos.
Maldigo la política de intereses bastardos, el diálogo de sordos, los dogmas de partido, por eso y por tantas otras cosas, cada vez creo menos en las asociaciones, en los sindicatos, en las banderías.
Cuando los intereses del grupo prevalecen sobre los de los representados, cuando los personalismos son más importantes que los resultados y la verdad es el patito feo en la charca de las componendas, me dan ganas de recoger el hatillo y retirarme a la ermita de las cumbres a ver pasar la vida desde mi atalaya, pero cuando veo tanta gente desorientada, tantas manos que se tienden, tantos ojos que esperan una sonrisa, no puedo por menos que hacer de tripas corazón y seguir en la brecha con la esperanza de que jamás me deje arrastrar por la corriente.

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