miércoles, 27 de mayo de 2009

LOS PADRES MOLESTAN




JOAN BARRIL

La llamada reforma de la ley de salud sexual, también conocida como ley del aborto, ha sacado a la luz algunos aspectos de la controvertida mayoría de edad. Se enfrentan dos concepciones cada vez más alejadas. Una de ellas es la que considera que las responsabilidades de los jóvenes son cada vez mayores y a edad más temprana. La contraria se plasmaría en una actitud sobreprotectora propia de una adolescencia demasiado larga.
En el fondo de la cuestión está la presencia de los padres, que en el caso del aborto a los 16 años puede desaparecer. Ese es el segundo principio que puede caer con la aprobación de esa ley. Se nos propone que, para un aborto a los 16 años, los padres no hace falta que estén ni siquiera informados. La consellera Marina Geli insiste en la pintoresca propuesta de que las chicas en trance de aborto puedan ir acompañadas por una persona adulta, que, por lo visto, jamás estará tan mal vista como los padres.
En todo este lío, ya no se trata de rebajar la mayoría de edad de los jóvenes a todos los efectos. También aparece un nuevo elemento: la extinción de la responsabilidad parental. Esa reforma propone que se sea padre hasta los 16 años. A partir de aquí, las relaciones paterno-filiales van a verse determinadas por la voluntariedad y esperemos que por la cordialidad. Y es que esa reforma, que con tanta algarabía nos propone el Gobierno, puede conllevar no pocas contradicciones. Hasta ahora, la responsabilidad subsidiaria de los padres era evidente. Su hijo de 16 años, en un alarde de barcelonismo mal entendido, se dedica a cargarse los cristales de los escaparates. El heroico gamberro es detenido por los Mossos. ¿Quién creen ustedes que va a pagar los desperfectos? Ese mismo menor es multado por la posesión o por el consumo de una china de hachís y ya ven a los padres rascándose el bolsillo. Los tutores del instituto llaman a los padres para informarles del bajo rendimiento escolar de su hijo. ¿Se imaginan a esos padres diciendo que ellos ya no tienen nada que ver con su hijo porque él considera que puede hacer lo que le plazca sin informarles?
En esa ausencia forzada de la figura paterna solo ante el derecho del aborto a los 16 años se abren muchos vacíos y no pocas dudas. Si usted, padre o madre, acude a un hospital público ante la sospecha de una apendicitis de su hija, será informado de las consecuencias posibles de aquella intervención y le pedirán la autorización. Se la pedirán a su hija y también a usted. La apendicitis reconoce a los padres una tutela y un derecho a la información que el aborto les niega.
Pero vamos un paso más allá. El hecho de ser padres no implica ser buenas personas. Imaginemos que su hija se acoge a esta ley y se somete al aborto acompañada, eso sí, por la profesora de gimnasia o por la portera del inmueble, pero en ningún caso informando a sus padres. Toda intervención quirúrgica, incluso las menos complicadas, puede desembocar en una complicación. Imaginemos que, a raíz de ese aborto, la complicación surge y los padres descubren el pastel. ¿Quién va a limitar entonces la legítima demanda de responsabilidades a una supuesta mala praxis médica? Y, ante el temor de que esto suceda, ¿han pensado los impulsores de esa reforma que pueden encontrarse con una total objeción de los médicos a practicar abortos en estas condiciones? Ya no sería una objeción de conciencia, sino una simple medida de autodefensa. Que lo piensen: una ley así está reñida con la frivolidad.

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