viernes, 7 de marzo de 2008

EL DOLOR AJENO

El sufrimiento es como una lluvia acida que te va calando inexorablemente hasta
que te deja en el puro hueso, cada lagrima de un ser querido, de un amigo, te arranca
un fragmento de la piel del alma, y te deja una herida que tarda en cicatrizar, cuando
arrecia la tormenta, intentas refugiarte inútilmente, buscas cobijo en el olvido, en las
distracciones… es inútil, todo aquello que te seducía, que te hacia gozar de la vida
acaba perdiendo significado, ya no te interesa, te miras en el espejo y no te reconoces
las lagrimas negras dejan surcos indelebles y los ojos se hunden huyendo de tanta
amargura. Miras al cielo pero solo encuentras nubarrones, el mar es una pura galerna y la gente sombras tenebrosas que a veces te eluden y a veces te asedian hasta hacerse insoportables. Sigue lloviendo y ya no tienes fuerzas, unas manos te piden ayuda pero a penas puedes aguantar la mirada mientras intentas mantenerte en pie
… y sigue lloviendo. De repente un claro se abre en el cielo, una mirada tierna, una
voz amiga, un beso, te recuerda que no estás solo, te sientas a su lado y recuperas fuerzas, el sol comienza a barrer las tinieblas y el bálsamo del cariño se filtra
en tus heridas hasta hacerlas desaparecer. Y vuelves la vista atrás, y besas las manos que te necesitan y los ojos que lloran, y notas como esas heridas en la piel amada comienzan a cerrarse, que la vida vuelve a tener sentido, que acabas de nacer de nuevo.

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